Esteban Ibarra: La tecnología nos ayuda, pero no nos reemplaza
El gerente general de Dentsu Creative escribe acerca del impacto de la inteligencia artificial en la creatividad.
Me aburrí de escuchar que la IA va a acabar con la creatividad. No porque la amenaza sea falsa, sino porque el debate está mal planteado.
Dario Amodei, el CEO de Anthropic, lleva meses prediciendo el colapso de industrias enteras con 90% de certeza. Programación, derecho, medicina. Todo con fecha.
En su última conversación con Dwarkesh Patel –un podcast de febrero de 2026 sobre cuán cerca estamos del fin de este ciclo exponencial–, señala algo que a él mismo le parece desconcertante: lo más sorprendente no es la velocidad del avance, sino que nadie parece estar viéndolo venir.
Habla de llegar pronto a un "país de genios en un centro de datos", donde la IA asume tareas que hace tres años eran impensables para una máquina.
Pero, cuando le preguntan sobre escribir una novela o hacer un descubrimiento sin precedente, cambia el tono: "planning a mission to Mars, doing some fundamental scientific discovery like CRISPR, writing a novel… it's hard to verify those tasks. That's where I have a little bit of genuine uncertainty."
Lo que dice, sin decirlo explícitamente, es que las tareas creativas complejas son difíciles de automatizar no porque las personas seamos especiales, sino porque no existe un benchmark para medirlas.
"... si usamos la IA para ahorrarnos el esfuerzo de 'pensar', perdemos el músculo creativo."
No hay forma de verificar si una idea es verdaderamente buena hasta que impacta en el mundo real. Eso define lo que debería ser nuestro trabajo en la industria creativa. No el trabajo que se puede optimizar. El que todavía no tiene respuesta correcta.
Amodei plantea una salida: a medida que la IA asume la ejecución técnica (el 95% del trabajo), el valor humano se concentra en el 5% restante: entender qué quiere realmente el usuario, tomar decisiones de alto nivel, saber cuándo y cómo usar las herramientas.
Quien enfoca su energía ahí puede multiplicar su productividad; hasta veinte veces, dice Dario, aunque reconoce que esa ventaja irá disminuyendo en la medida que la IA avanza.
La trampa es seguir midiendo el éxito solo por eficiencia, velocidad y volumen de producción. Para esas métricas la IA nos va a ganar siempre, y tiene todo el sentido: fue diseñada para eso. El problema no es la herramienta, es el estándar.
Hay otro riesgo que él mismo nombra: si usamos la IA para ahorrarnos el esfuerzo de “pensar”, perdemos el músculo creativo. Pero, si la usamos para elevar el nivel de lo que pensamos y decidimos, nos volvemos mejores. No más rápidos. Mejores.
Como dice John Mescall, Global Chief Creative Partner de Dentsu, una idea debe incomodar, debe ser subversiva. La incertidumbre es profundamente humana y es ahí donde la tecnología nos ayuda, pero no nos reemplaza.