Ariel Jeria: De Pamela Anderson a los “perfiles IA”
Gerente general de Rompecabeza comenta la manera en que la tecnología vuelve a escalar el mercado adulto.
Por años, la industria del contenido para adultos ha sido un laboratorio adelantado de la economía digital. No porque marque tendencias culturales, sino porque adopta –antes que otros– las tecnologías que cambian la forma de producir, distribuir y consumir contenidos.
Basta mirar hacia atrás: cuando el video íntimo de Pamela Anderson y Tommy Lee se masificó por Internet en los 90, quedó claro que la red no solo aceleraba la difusión, sino que alteraba de raíz el modelo de negocio. Hoy, el fenómeno se repite con la inteligencia artificial y los llamados “perfiles IA”.
La historia muestra un patrón reconocible. Cada ola tecnológica impacta tres dimensiones al mismo tiempo. Primero, el acceso: el paso del VHS al streaming eliminó barreras físicas, horarios y fronteras, instalando el consumo bajo demanda y la métrica en tiempo real.
Segundo, la producción: la democratización de herramientas permitió que creadores independientes alcanzaran estándares antes reservados a grandes estudios, mientras la IA reduce costos, tiempos y complejidad técnica. Y tercero, la experiencia: la inmersión, la interactividad y la personalización transforman al usuario de espectador pasivo en participante activo.
En ese contexto, la inteligencia artificial marca un punto de inflexión cualitativo. No sólo optimiza procesos, sino que crea identidades sintéticas capaces de interactuar, aprender y adaptarse a preferencias individuales.
El engagement ya no depende únicamente del catálogo, sino de la sensación de vínculo. El contenido parece “hecho a la medida”, y esa cercanía redefine la relación entre plataformas y audiencias.
Pero el avance tiene un reverso inquietante. Los deep fakes sexuales y la suplantación de identidad exponen una zona crítica: cuando la imagen, la voz o el cuerpo se vuelven replicables, la protección de las personas pasa al centro del debate. Consentimiento, verificación de edad, retiro rápido de contenidos y responsabilidad de las plataformas dejan de ser temas secundarios para convertirse en condiciones mínimas de legitimidad.
Mirando hacia 2026, la pregunta ya no es si el mercado adulto seguirá empujando estas innovaciones. La pregunta relevante es cómo el resto del ecosistema digital –medios, marcas, reguladores– responderá a una industria que, una vez más, tensiona los límites entre tecnología, negocio y ética.
Porque, nos guste o no, ahí donde el contenido adulto experimenta, el resto del mercado suele terminar aprendiendo.